Vamos al Grano (crónica)

10/03/10

En el teléfono se escucha la voz de Alba Lucía. Ella nos autoriza a filmar su finca cafetera, no sin antes decir: “Espero que eso sirva para apoyar a los cafeteros”. La belleza de los verdes del paisaje contrastan con las dificultades que pasan los 570 mil caficultores colombianos. La peor cosecha de los últimos cuarenta años, un precio que no alcanza para cubrir los costos, una fuerte revaluación que reduce sus ingresos, los precios de los abonos y los agroquímicos por el cielo, la Federación de Cafeteros antaño un poderoso grupo financiero convertida en una ONG, cafetos envejecidos, deudas que se deben refinanciar constantemente, 25 mil cafeteros a punto de perder sus fincas y las Tiendas Juan Valdez, un negocio en retroceso. Ya prestigiosas revistas hablan del “ocaso cafetero”.

Tal situación nos lleva a rememorar el Paro Cafetero de julio de 1995. Horas antes de llegar a Chinchina, Caldas, pueblo donde está la finca de Alba Lucía, nos habíamos encontrado en Manizales con don Gilberto Marín, cafetero que participó de aquel movimiento. En nuestra conversación recordó como Jorge Enrique Robledo, por entonces profesor de la Universidad Nacional, y Fabio Trujillo, crearon la Unidad Cafetera Nacional. “Nos montábamos en los buses e íbamos llenando las plazas de las capitales del eje cafetero”. Las fotos de la Plaza de Bolívar de Manizales atiborrada de cafeteros, dan fe de las palabras de don Gilberto. “Varias veces fuimos a Bogotá”. “La primera vez tiramos un montón de granos en la Plaza de Bolívar”, comenta. Después de roto el Pacto Internacional del Café, el precio se nos vino al suelo y a eso se le sumo la broca.

El “libre comercio” dejó su huella en el café. Una región que se creía próspera pasó a sufrir los rigores de la apertura económica. Pereira se “pelea” con otras ciudades ser la campeona en mayor desempleo. Manizales reduce el número de habitantes ante la falta de oportunidades y el cierre de empresas. En Armenia, la esperanza del progreso con el turismo, no pasa de ser eso, una esperanza. En una región donde se ven los estragos de la apertura, también se observan los bríos de la lucha.

El día anterior a nuestra visita, una movilización sin antecedentes le exigía al alcalde de la ciudad derogar las medidas que subieron el pasaje del bus en 200 pesos. Dinero que engrosará las arcas de un banco, una empresa de chance, una empresa de tarjetas y subsidiará un cable vía que es ejemplo de un sistema de transporte masivo al revés. En el aire se respiraba la indignación de la gente. Mientras caminábamos por el centro de la ciudad, los transeúntes que pasaban frente a la sede de la alcaldía increpaban con gritos al alcalde. Un carretillero decía: “¡Claro!, a los del pueblo siempre no la montan. Como ellos no son lo que padecen hambre”. La represión de la fuerza pública ordenada por las autoridades, no calmó los ánimos de una población enardecida por los abusos de quienes deberían defender sus derechos. Oscar Gutiérrez, dirigente de la protesta civil, como ciudadano que se niega a sucumbir ante los abusos, nos dice: “habrá que seguirle dando”.

Y vaya que le dan. Oscar, con el apoyo irrestricto de Robledo, dirigió una de las luchas más emblemáticas del Eje Cafetero: la que en 1998 evitó que el concesionario Autopistas del Café instalará un peaje en la vía tradicional entre Chinchiná y Manizales. “En eso se movió desde el estrato cero hasta el cinco”, cuenta José Samuel Espitia, líder cívico que participo en aquel paro, que se extendió por quince días. La inexistencia de las casetas del peaje ahorra miles de millones de pesos a quienes por estudio, trabajo o negocio, deben moverse entre estas dos localidades. “Sí ese peaje se monta, mucha gente hubiera dejado de estudiar, de comprar cosas, de trabajar, porque los pasajes y los costos del transporte habrían crecido mucho”, agrega Samuel. “Aquí lo que se dio fue que la comunidad se defendió de los abusos del gobierno nacional”. “Pastrana nos echó la policía, pero la gente aguantó, no se dejó y al final logró que ese peaje no se instalara.” El paro no fue espontáneo o antojadizo. Meses de negociaciones lo precedieron, pero la negativa del consorcio privado y del gobierno a desistir de la idea, obligó a los chinchinenses a recurrir a uno de los medios de la democracia: la protesta social.

Las democráticas formas de organización que se vieron a lo largo de los días del paro demuestran que la comunidad puede encontrar salida a las dificultades y que, una táctica y política correctas, dan sanos frutos. “Con Robledo hemos estado en muchas luchas”, anota José Samuel. “Una de ellas, la del peaje. Otra la de los cafeteros”, concluye. Los logros de estas movilizaciones sociales, aún palpables, demuestran que el camino de la organización y de la resistencia civil logran derrotar las medidas que vayan en contra de la población. Luchas como las de Samuel, don Gilberto, Oscar y Robledo, nos dicen que vencer los diques que contienen el desarrollo de Colombia, es posible.

9 de marzo de 2010


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