Una Cruda Realidad (Crónica)

02/03/10

Chiquinquirá, Boyacá. En la plaza central nos esperaba Miguel, un dirigente de lecheros y jarreaderos de la zona. Brevemente comentamos los impactos de los decretos emitidos por el gobierno, con los cuales se busca prohibir el comercio de leche cruda para hervir, alimento al que por su precio ­la mitad del de la pasteurizada­, ocho millones de colombianos logran acceder. Conversamos con don Juan, un microempresario de los quesos, quien nos dijo que sí se insistía en la prohibición del comercio de leche cruda, no tendría otra opción que aumentar los precios y que sería el pueblo el que pagaría los platos rotos.

Del casco urbano de Chiquinquirá, salimos para la zona rural. Llegamos donde don José y don Josué Celis, dos hermanos que de sus tierras ubicadas en una escarpada montaña, extraen cada uno cien litros de leche al día. Después de los saludos y las presentaciones, don Josué abre la conversación con una frase lapidaria: “Si este gobierno fuera verraco, ayudaría a los campesinos. ¡Pero nada!, puros cuentos. Nos quieren arruinar prohibiendo que vendamos nuestra leche. Y ahora que por las heladas se nos cayó la cosecha de papa, no se aparece ni a saludar. Pero eso sí, a unos señores con mucha plata les regalo miles de millones de pesos con eso de Agro Ingreso Seguro.”

Unos minutos después de iniciada la conversación, de las casas salieron dos señoras. Una de ellas, doña María Fraudelina, mientras ordeñaba a una de las vacas, nos dice: “con esos decretos nos quieren quitar el pan de cada día”. Y agrega: “el gobierno lo que quiere es quebrar a los pequeños y medianos productores del campo”. Le contamos a la señora que hoy se están importando diez millones de toneladas de productos del agro, equivalentes al cuarenta por ciento de toda la producción agropecuaria de Colombia. Doña María Fraudelina replica: “por eso le digo, nos quieren arruinar”. Don José abandona su silencio y dice: “pues claro, no ve que con esos decretos lo que quieren es beneficiar a las multinacionales”.

En el epílogo de la conversación, don Josué nos pone un ejemplo que ilustra los males de la política agropecuaria. Hace un año, dice, compré una vaca por un millón doscientos mil pesos. La semana pasada, ya gordita y bien bonita, la vendí por la mitad. Y así quieren que sobrevivamos, reclama. Por último, estos amables campesinos nos remarcan que al senador Robledo lo han visto defendiendo a los campesinos, pero también a los medianos productores del campo. “El doctor nos defiende en el Senado, por eso queremos que siga allá”. Después de un tinto campesino, nos despedimos. Los automóviles se ponen en movimiento. Llegamos a la finca de un compañero, donde dormiremos. Mañana saldrá el sol de nuevo, y los hombres y mujeres que vimos, visitamos y de los cuales aprendimos, continuarán luchando porque Colombia sea una nación viable y porque logre alcanzar la verdadera senda del progreso.

Barbosa, 25 de febrero de 2010.


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